J. M. MARTÍ FONT · EL PAÍS · 05/11/2009
Occidente se mira siempre a los pies, incluso cuando mira hacia fuera. Lo que sucede en países lejanos y diferentes pasa por el tamiz de prejuicios ideológicos y dosis inertes de xenofobia. Por esta razón, exposiciones como 'State of Emergency', del fotógrafo surcoreano Noh Suntag (Seúl, 1971), son imprescindibles si se quiere entender el mundo del tercer milenio.
Las más de 200 fotografías de gran formato colgadas en EL Centro de la Imagen de Barcelona, en La Virreina, conforman no sólo un apabullante ejercicio estético y técnico, sino que además construyen uno de los más efectivos y elaborados relatos que se pueden encontrar sobre Corea, el único país del mundo que sigue dividido en dos, según los criterios de la guerra fría. Un anacronismo que crea extrañas realidades especulares y que ofrece al artista la posibilidad de cruzar a un lado y otro del espejo.
La exposición recoge el trabajo de Suntag entre 2000 y 2007, incluidos cuatro viajes a Corea del Norte, un lugar difícil para un fotógrafo, siempre vigilado y censurado, y es una situación que relata magistralmente. Casi todas las fotos de Pyongyang son de gente que fotografía, que graba, ciudadanos del Sur "que intentan fijar el espacio que contemplan porque temen que tal vez nunca puedan revisitarlo".
Suntag saca provecho de las celebraciones propagandísticas que escenifica el régimen de Kim Jong-Il. Entre las ordenadas filas de bailarines o de espectadores que componen grandes mosaicos, siempre hay uno que falla. Pero donde su mirada se agudiza hasta atravesar con su cámara la realidad y hacerla casi imposible es ante la sociedad surcoreana.
'State of emergency' reacoge las grandes batallas sociales, las protestas populares contra los abusos del Gobierno o de las fuerzas norteamericanas como grandes frescos de batallas, de una belleza exasperante. Es la violencia del espejo que mira a otra violencia. Como los retratos de la serie 'Patriotic Road', dedicada a la extrema derecha surcoreana, mimética de la norteamericana y reflejo del nihilismo del Norte.
Políticamente, sin embargo, la serie más incisiva es 'Forgetting Machine', que recoge las desvaídas y deterioradas fotografías de la matanza de Gwangiu, cuando el Ejército silenció las protestas estudiantiles a un coste de más de 2.000 muertos.
5 de noviembre de 2009
Miradas cruzadas sobre el espejo de las dos Coreas
Publicado en: El País
2 de noviembre de 2009
El último superviviente
EUGENIA DE LA TORRIENTE · EL PAÍS · 01/11/2009
Con él se extinguirá una forma de entender la moda. Retirado Valentino y muerto Yves Saint Laurent, se acerca el final de una estirpe, la de los grandes monarcas del estilo. Adicto al cambio y alérgico a la nostalgia, el septuagenario diseñador, fotógrafo y editor continúa en plena forma: "ir en mi contra es un lujo que sale muy caro".
Incluso para alguien tan acostumbrado a la soledad de lo excepcional, éste es un momento crítico. Karl Lagerfeld es el último de una estirpe. La de los grandes monarcas de la moda, formados en la era dorada de la alta costura parisiense. Muerto Yves Saint Laurent y retirado Valentino, permanece como el único superviviente de un oficio que se extingue. Pero que nadie espere que el septuagenario alemán enarbole con orgullo esa bandera. Detesta la cuestión generacional, aborrece la nostalgia y mentar glorias pasadas es la forma más rápida de exasperarle. "La verdad es que los talleres de los años cincuenta eran de lo más sórdido", apostilla con el característico deje teutónico que tanto impresiona la primera vez que uno se enfrenta a su vertiginosa elocuencia.
Para explicar la longevidad de Lagerfeld hay que entender ciertos aspectos de su personalidad. Además del olfato para identificar el signo de los tiempos, está la germánica intelectualización de cuanto le rodea. Su pose es extravagante y le gusta desafiar las convenciones, pero su disciplina le sitúa a años luz del hedonismo desbocado de Valentino y de la atormentada existencia de Saint Laurent. "Me mantuve a una distancia prudencial de la locura en los sesenta y setenta", admite. "Soy un voyeur, no una víctima. Mi instinto de supervivencia creó un muro de cristal. Me gusta la idea de la decadencia, pero no lo soy demasiado. No me interesan las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol. No siento la necesidad de paraísos artificiales".
Si con Valentino mantuvo una relación suficientemente cordial como para asistir a las interminables celebraciones de su 45º aniversario en la moda, con Saint Laurent mantuvo una rivalidad histórica. El planteamiento que Lagerfeld hace de su antagonismo vital arroja otra clave sobre ese espíritu de supervivencia en el que le gusta reconocerse. "Lo conocí muy bien a los 20 años. Hasta que apareció Pierre Bergé y lo estropeó todo. Pero la auténtica historia es muy distinta a lo que lees por ahí. Yves interpretaba el papel de la víctima, pero no lo era. Me parecen patéticos todos esos lloros sobre el chiffon. Hay algo impúdico en semejante despliegue de emociones. En el fondo, el diseñador torturado esconde un complejo de inferioridad por no ser artista. Todos querrían ser grandes artistas, pero han acabado haciendo ropa. Igual que querrían ser de la alta sociedad y sólo pueden vestirla".
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Publicado en: El País
30 de octubre de 2009
Letonia: La crisis aleja el sueño capitalista
ANDREA RIZZI · EL PAÍS · 30/10/2009
Enfundado en ropa vieja pero limpia, periódico abierto entre las manos, Oleg Lukoshko aguarda su turno en una cola de unas 80 personas que se alarga sobre una escuálida acera de la periferia de Riga. Los letones creían haber tumbado para siempre las colas humillantes junto con sus peores pesadillas soviéticas, pero el capitalismo también puede infligir esperas infames a sus adeptos. Unos 30 metros más adelante, desde un portal verde que se abre todos los días a las doce, personal de un monasterio ortodoxo distribuye sopa de verduras y pan gratis.
A diferencia de muchos de sus compañeros de espera, cuyos alientos delatan asiduas relaciones con el alcohol, Oleg, de 52 años, tiene el tipo de pinta que uno no se esperaría encontrar ahí. No es el único que no encaja. La recesión de caballo que azota a Letonia no parece mirar a la cara a nadie. El país báltico, junto con su vecino Lituania, sufrirá la contracción del PIB más fuerte del mundo en 2009: una caída del 18%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).
"Me quedé en el paro hace más de un año, el subsidio de desempleo dura sólo nueve meses, hay que pagar el alquiler. Mis hijos me ayudan lo que pueden, pero no es suficiente", resume Oleg, que presume de su formación de soldador de astillero y de su calificación de sexto grado en la escala profesional soviética.
El ascenso del paro ha sido vertiginoso en Letonia, un país con 2,3 millones de habitantes. En septiembre, la tasa se situaba en el 18%, frente al 8% de hace un año. Una situación dramática, si se considera que el Estado está al borde de la bancarrota. Sólo un rescate de 7.500 millones de euros -un tercio del PIB del país- liderado por el FMI y la UE lo ha mantenido a flote.
El impacto brutal de la crisis ha agrietado de repente el sueño de bienestar y libertad que animó el apasionado abrazo del país a Occidente tras la independencia lograda en 1991. En la actual década todo parecía ir viento en popa. Tasas de crecimiento del 10%, admisión en la UE y en la OTAN, mejores sueldos. Se hablaba de tigre báltico.
"En 2005 ya empezamos a advertir que iba todo demasiado rápido, que había demasiado crédito fácil y consumo, y poca producción de bienes. Pero los políticos no pisaron el freno a tiempo", comenta Andris Vilks, asesor para Economía y Finanzas del actual primer ministro, que tomó posesión del cargo en marzo.
La balanza de pagos con el exterior arrojaba cifras rojas del 20% del PIB al año, la deuda del sector privado se disparaba. Letonia vivía por encima de sus posibilidades. La película se acabó de repente y empezó un doloroso ajuste de cuentas. En enero pasado hubo disturbios en Riga, con un centenar de detenidos. Cayó el Gobierno. El país parecía a punto de irse al garete.
La comunidad internacional no lo permitió. Las repercusiones sobre países vecinos y varios grandes bancos habrían causado daños mucho más allá del reducido tamaño de la economía báltica. "Ahora la situación es algo más estable. El cuadro macroeconómico mejora, aunque el social sigue empeorando. El paro seguirá creciendo. Pero no tenemos otra elección que duros recortes de gasto", dice Vilks.
Así, en la misma cola de Oleg, se halla también Pavils, de 55 años, guardia fronterizo jubilado. "Yo cobraba 158 lats. Ahora me dan 142 (poco más de 200 euros)", dice. A los jubilados hubo que recortarles la pensión un 10%. Profesores, médicos y policías... todos han ido a peor. Los servicios básicos tiemblan bajo los golpes de tijera. Como Oleg, Pavils tiene las manos limpias y lleva una revista de historia en la bolsa.
"Algunos dicen que, ganada la independencia de Moscú, la hemos perdido ahora a favor del FMI y Bruselas", comenta Janis Dripe, ex ministro de Cultura y presidente de los arquitectos de Riga. "Es cierto que somos de alguna manera prisioneros. Pero creo que, a pesar de la frustración, sigue primando un sentimiento de libertad. ¡Al menos ahora somos víctimas de nuestros propios errores!", observa.
"Hubo mucha ingenuidad. Creímos que tras entrar en la UE todo podía ir sólo a mejor. La gente se endeudó locamente y dio rienda suelta a sueños acumulados durante décadas de penurias", reflexiona el director de la Biblioteca Nacional, Andris Vilks (casualmente homónimo del economista). "Ahora hay varias cosas que me preocupan", dice. Se interrumpe. Se acerca a una estantería y vuelve con un ladrillo. "Con esto rompieron una de nuestras ventanas durante los disturbios de enero. El desorden social puede ser un problema. Pero, más todavía, me preocupan la criminalidad y la emigración".
Por las calles de Riga, las octavillas que publicitan cursos de judo invitan a prepararse para defenderse en la selva en que podría convertirse la ciudad. La emigración es un espectro inquietante en un país con un claro declive demográfico.
Quienes se queden tendrán que poner el país en un nuevo carril, reformular un modelo que ha fracasado. No les falta talento y cultura para lograrlo.
-¿De dónde viene usted? Ah, España. ¡Siempre soñé con visitar el Prado!-, dice uno de los ciudadanos que hacen cola con Oleg y Pavils.
Publicado en: El País